El Despertar

Saludos viajero. Ven, siéntate cerca de mi hoguera y lentamente del frío invierno. ¿Llevas mucho tiempo caminando? ¿No? ¡¿ de llegar?! Acompaña pues a este pobre viejo y te contaré la historia de estas tierras y el porqué de la maldición que nos acontece… 

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La Emperatriz

Al principio no había nada. Del negro silencio nació la luz y la oscuridad y de ellos los dioses y demonios, destinados a habitar juntos en el Ama, el reino celestial, manteniendo así el equilibrio universal. Pronto ese equilibrio se vio quebrado. Los dioses, creyéndose los primeros de la creación, iniciaron La Gran Guerra tras la cual los demonios fueron expulsados al Jigoku, el reino infernal, lugar desde donde gritan desesperados buscando venganza. 

Al ver las tierras celestiales libres de la mácula demoníaca, Arimasu lloró de alegría. Esas lágrimas cayeron en el mar y dieron lugar a las islas de Hymukai, la “tierra bañada por la luz”. Los dioses consideraron esas islas como terreno sagrado, pues habían nacido de la propia diosa. Decidieron hacer de esta tierra el baluarte de defensa en la futura guerra contra los habitantes del Jigoku. 

El máximo dirigente de Hymukai fue la emperatriz Suiko Tenno, creada por los mismos dioses para gobernar y proteger estas sagradas tierras. Los dioses le dieron además cuatro objetos de gran poder para formar un escudo protector sobre Hymukai. Nadie podría entrar en las islas, desde ninguna otra tierra o desde ningún otro reino, mientras el linaje de la emperatriz perdurase y los objetos sagrados se mantuvieran intactos.

Los grandes clanes juraron obediencia a la enviada de los dioses y se convirtieron en protectores de cada uno de los objetos sagrados. La Katana, la espada que representa la fuerza para responder y atacar cuando se presenta cualquier amenaza; el O-Yoroi, la armadura samurái símbolo de la resistencia del reino a la adversidad, el mantenimiento de las tradiciones y el orden establecido; el Magatama, el collar representativo de riqueza que mantiene el imperio y la forma de vida de sus habitantes; el Kagami, espejo que muestra el conocimiento de uno mismo, la espiritualidad sin la que sería imposible gobernar. Estos símbolos son también reflejo de las cuatro clanes predominantes del Imperio; los Buke, los Kuge, los Otokodate y los Sohei respectivamente.

La emperatriz Suiko reunió a los grandes clanes bajo su mandato dando estabilidad y crecimiento al imperio. Su reinado se conoce como “El Amanecer Dorado”, ya que Hymukai creció en riquezas y población más que en cualquier otra época. 

Cuando tuvo edad de casarse, la emperatriz manifestó la voluntad de los dioses para unirse a un hombre santo y así conservar la pureza en su linaje. Ésto se convertiría en tradición que perduraría generaciones y de estas uniones siempre nacería una primogénita mujer, la sucesora al trono de Hymukai.

La emperatriz, como descendiente de los dioses, se encontraba totalmente aislada y protegida del mundo. Muy pocas personas tenían contacto directo con ella y muchas menos le podían dirigir la palabra. El palacio imperial era una fortaleza impenetrable, llena de cortesanos, magistrados, soldados y miembros del servicio. Era al terminar el otoño cuando la corte entera, con la emperatriz a la cabeza, se desplazaba a la residencia de invierno y permanecía allí durante seis meses. Este viaje era el único periodo en el que ella podía sentir la vida fuera de un palacio.

Y así fue durante 500 años y 9 emperatrices. Hasta Jingu, que lo cambió todo.

Durante el viaje hacia la corte de invierno de la emperatriz Jingu sucedió algo inesperado, la comitiva fue atacada por demonios. Cuatro onmyouji infernales desataron el caos, invocando y lanzando decenas de criaturas hacia la emperatriz. Fue una lucha salvaje entre soldados y demonios hasta que solo quedaron un enorme oni y un joven de la guardia real llamado Tagesho. El gigantesco oni lanzó una enorme piedra que impactó y destrozó por completo el trono donde era transportada la emperatriz. Ésta, al incorporarse y ver a todos sus sirvientes muertos y la destrucción que la rodeaba, empezó a llorar desconsolada. Tagesho no esperó a ver la reacción de la criatura a las lágrimas de Jingu. Se lanzó hacia el oni empuñando su Yari y se la clavó en el pecho, matándolo al instante. 

Tagesho, ensangrentado y exhausto, se dirigió hacia la emperatriz. Cuando Jingu miró a los ojos del soldado, se enamoró inmediatamente de él. Los registros imperiales recogen que de allí nació la primera unión entre una heredera del divino linaje de Suiko y, en vez de un hombre santo, un guerrero.

Los Hermanos

Tres años después, la emperatriz dio a luz. A diferencia de todas sus antecesoras, no tuvo una hija, sino dos hijos. Para muchos profetas esa era una señal de infortunio, de calamidad, para otros representaba una nueva era para el Imperio de cambios y grandes oportunidades. 

Los dos niños se llamaban Sujin y Kogen. Sujin, el mayor por pocos minutos, era reflexivo, estudioso, sabio y muy prudente. La vida en la corte se le daba muy bien, era un alumno extremadamente aplicado y todos veían en él las cualidades de un hombre santo. Kogen por el contrario era imprudente, vivaz, enérgico, atlético y muy competitivo. A los 10 años ya era un excelente duelista, y a los 13 un genio militar. La corte le oprimía, tan solo yendo a cazar con su padre o entrenando con la guardia real era feliz.

El legendario Tagesho, el padre de los herederos, murió víctima de unas fiebres cuando los niños cumplían 16 años. Los hermanos nunca superarían esta pérdida y comenzaron a competir entre ellos para ser sus dignos sucesores. Cuando cumplieron la mayoría de edad, empezaron a pelearse por la atención de una joven cortesana llamada Saimei. Al principio eran solo bravuconadas, pero con el tiempo se convirtieron en verdaderas peleas para llamar su atención, agravando una mala relación que se hacía más patente cada año que pasaba. 

Espectadora ante la creciente ruptura familiar, su madre, Jingu, empezó a enfermar. Sujin reunió a los mejores médicos del imperio, Kogen decidió salir a buscar una cura entre los hombres santos de Hymukai. No hubo éxito, pues ninguno de los dos era consciente de que la causa de la enfermedad no era otra que el odio creciente entre ellos.

Mientras Jingu estaba en cama, Sujin se encargó de llevar a cabo las tareas diarias de la corte, las relaciones diplomáticas y las decisiones más trascendentales. Kogen, por su parte, dirigió al ejército imperial a lo largo de todo el reino, encargado de mantener el orden entre los clanes, acabar con los bandidos y rechazar las numerosas incursiones demoníacas que empezaron a darse cada vez con más asiduidad. El debilitamiento de la emperatriz hacía más delicado el escudo protector del reino y, de esta forma, más fácil a los demonios del Jigoku entrar en Hymukai. Cada uno sirvió al imperio como mejor sabía y ambos se reprochaban mutuamente no sacrificarse lo suficiente. 

Kogen, después de dos años sin descanso de batallas y victorias sin igual, esperaba ser recibido en la capital como el héroe que era. Nada más lejos de la realidad. Su recibimiento fue frío, distante, no tuvo más honores que los que se le dan a los soldados que cumplen con su trabajo. Sujin, enfadado con su hermano, le recriminó haberse dedicado a disfrutar de las batallas con sus soldados en escaramuzas sin sentido, en vez de haberse quedado para ayudarle en la ardua tarea de dirigir un imperio. Kogen, lleno de ira, acusó a Sujin de vivir rodeado de sedas y lujos mientras él había estado años combatiendo contra miles de enemigos, durmiendo al raso, pasando hambre y viendo a sus hombres caer defendiendo la unidad y estabilidad del imperio. 

La tensión iba en aumento, aún más cuando Saimei intervino para calmarlos, sin ponerse del lado de ninguno y sin éxito alguno. La disputa familiar acabó con Kogen abandonando el palacio, maldiciendo a Sujin y, negándose a matar a su hermano sobre el sagrado suelo del Palacio Imperial, reunió a sus tropas y declaró la guerra a Sujin. 

En el mismo momento en que Kogen desafió a su hermano y este aceptó, la emperatriz Jingu murió. Por primera vez en 500 años, las defensas mágicas de Hymukai se desvanecieron… 

La Guerra

La enemistad entre los dos hermanos fue la causante de la primera Gran Guerra de Hymukai. Una guerra por el poder de un imperio y el amor de una mujer. 

Sujin tenía a su disposición las tropas mejor armadas del imperio y un suministro ilimitado de víveres. Kogen tenía más tropas, peor equipadas y más cansadas, pero todas veteranas en cientos de batallas. Los grandes clanes no supieron a quién apoyar abiertamente pues los dos eran herederos del imperio. Mientras Sujin era un excelente líder en lo administrativo, Kogen les había enseñado, a las malas, su excelencia militar en las sucesivas campañas que había dirigido para mantener el orden entre los clanes.

Kogen sabía que no podría deponer a su hermano y proclamarse emperador sino contaba con la ayuda de todos los grandes señores. No sólo por sus ejércitos, sino por sus rutas, sus víveres y su sistema de comunicaciones. Los Kuge, de los que se presupone que son parte del linaje imperial y que cuyos cortesanos dominaban las rutas diplomáticas y mercantiles, vieron la oportunidad perfecta para obtener el poder total en la corte. Si apoyaban a Kogen y se proclamaba emperador, éste necesitaría de toda su ayuda para gobernar Hymukai, ya que era un guerrero y desconocía las intrigas de palacio. Así, se ofrecieron a Kogen como primer aliado para obtener el trono. 

Kogen, satisfecho, puso su mirada sobre los otros tres grandes clanes. Sabía que no sería fácil convencerlos para que se unieran a él, atacar la ciudad Imperial era una herejía en sí misma, pero debía hacerlo. Los preparativos del ejército para la futura batalla no le permitían desplazarse para convencer a los líderes de cada clan, así que reunió a sus lugartenientes para encomendarles una misión vital. 

Los Shichi no Kogen, como se conocían a sus siete lugartenientes y hombres de su máxima confianza, se reunieron con él y debatieron durante horas sobre cómo hacer frente a la situación. Concluyeron que la mejor forma de convencer a los grandes clanes sería a través de la confianza, el honor y el deber. Tres de ellos serían enviados como emisarios, uno por cada clan. 

Buke, Otokodate y Sohei vieron, con cierta desconfianza y temor, la llegada de estos grandes samuráis a sus puertas. No todos recibieron de buena gana estas visitas, aun así cada uno de los guerreros juró lealtad y servidumbre al clan al que había visitado. De esta forma comenzaron las negociaciones para su entrada en La Gran Guerra. Pocos podían imaginar que estos grandes guerreros, con el tiempo, se convertirían en leyendas para sus nuevos clanes.

Sujin no se quedó parado. Por todo el imperio corrió la voz de su inminente boda con Saimei y el inicio del reinado con él como nuevo emperador. Eso enfureció a Kogen hasta límites insospechados que, ciego de rabia, aceleró sus planes y ordenó marchar a la guerra sin esperar la ayuda de los clanes y sin estar aún preparado.

El plan de Sujin había surgido efecto.

La Traición

Kogen movió sus ejércitos hasta la llanura de Sukihoma, a unos 40 kilómetros de la capital Hejian-Jo, y allí esperó para reunirse con los Kuge. Sus lugartenientes le recomendaron esperar a que la labor de los tres emisarios acabara y se unieran a la batalla trayendo consigo las tropas del resto de los clanes. Kogen les hizo caso omiso, estaba cegado con la idea de que Sujin le arrebatara a la vez el trono y a su amada. No iba a permitirlo.

Hasta la llanura se desplazó el ejército de Sujin, un ejército menor pero mejor equipado, con más caballos de los que jamás se habían reunido en Hymukai. A la vez que Sujin, por el norte llegó el ejército del clan Kuge y Kogen sonrió al ver que habían flanqueado a su hermano. La victoria sería total. Las tropas empezaron a marchar, las flechas a volar y los gritos a inundar el campo de batalla. 

La planificación de la batalla por parte de Kogen era perfecta, conocía el terreno y sus veteranas tropas sabían cómo actuar. De repente, se dio cuenta de que algo no iba bien. El ejército Kuge no marchaba hacia el flanco de su hermano sino que iba junto a él dirigiéndose hacia el frente de la batalla. ¡No podía ser!  Kuge le habían traicionado. ¿Por qué?, se preguntaba habían ido a buscar a un pacto con él. Fue entonces cuando se dio cuenta de que debería haber esperado a los demás clanes, que las tropas de Sujin junto con las tropas Kuge formaban un ejército incontenible. 

Otro en su lugar se habría rendido a la desesperación del que conoce su final, él no. Aun estando clara su derrota, cargó hacia la batalla.

Fue una carnicería. Los hombres de Kogen sucumbían sin misericordia tras cada oleada del ejército enemigo. En el centro de la vorágine, el mismo Kogen, rodeado de los cuatro Shichi no Kogen restantes, aguantaban el envite de cientos de enemigos. Éstos vieron que la batalla estaba perdida cuando la carga de la caballería de Sujin arrasó todo el flanco izquierdo, entrando como una daga que se hunde inexorablemente hasta el corazón. 

Una estocada atravesó el hombro de Kogen y este cayó hacia atrás, no sin antes cortarle la cabeza al desgraciado que le había herido. 

Sato, el líder de sus lugartenientes, cogió a su señor y le gritó para que le oyera por encima de los lamentos y el chocar de armas. Le rogó que salieran de allí y huyeran a resguardarse en la fortaleza Kaidan, situada en el paso de Yamanashi, donde esperarían a que sus hermanos vinieran con los demás clanes y así poder contraatacar con fuerza. Kogen se negó enfurecido, no quería huir, no iba a dejar que su hermano ganara la batalla ni que ningún Kuge traidor quedara con vida. Pero estaba perdiendo mucha sangre y después de un fuerte forcejeo se desmayó. Sato miró a los otros tres lugartenientes y éstos asintieron con la cabeza. Se dio la orden de retirada total. Sujin había ganado la primera gran batalla de la guerra.

Treinta días después, Kogen y lo que quedaba de su maltrecho ejército llegaron a la fortaleza Kaidan. Allí empezaron a cuidar de sus heridos y a hacer el recuento de bajas y efectivos. Sato y el resto de los Shichi no Kogen estaban muy preocupados, su señor no había abierto la boca desde que despertara hacía dos días. Tenía la mirada fija, perdida en el infinito. Las venas marcadas en su frente y su cuello, junto a la mandíbula permanentemente apretada, imbuían su rostro de una expresión de ira y rabia sin igual.

Los días pasaban y mientras el ejército ponía la fortaleza a punto, los Shichi no Kogen enviaban mensajes a sus tres hermanos emisarios pidiendo premura en sus negociaciones, pues necesitaban ayuda, hombres y suministros para tener alguna oportunidad de victoria.

Sujin regresó al palacio imperial como un auténtico vencedor. La propaganda política que habían hecho los Kuge en la corte había sido un éxito. Kogen había sido presentado como un carnicero, que en su avaricia infinita había desafiado a su hermano para robarle el trono y a su futura esposa. Para los habitantes de la capital imperial, Kogen representaba todo lo malo del hombre y Sujin era su infatigable defensor, el verdadero descendiente de los dioses, su emperador. 

Los Kuge, que habían traicionado a Kogen a cambio de mejorar su posición en la corte y de ampliar sus tierras por edicto imperial, sabían que el tiempo corría en su contra y convencieron a Sujin de que la boda se celebrase cuanto antes. Su gran victoria era la señal de que debía contraer matrimonio y autoproclamarse emperador con la mayor brevedad posible. Sujin aceptó.

El Monje

Mientras Sujin se casaba con Saimei y se proclamaba emperador, los Shichi no Kogen enviados a los tres grandes clanes llegaban cada uno  a su destino. 

A las tierras Sohei llegó el mayor de los tres, Hikari Ryu. Era reflexivo, sabio, paciente y de entre todas las artes de la guerra, la suya era la de enseñar. Había preparado durante años a los mejores hombres de Kogen. Hikari Ryu, que era capaz de convertir un hombre normal en un excepcional guerrero, había llegado a esas tierras para convertir excepcionales monjes en guerreros legendarios. Una vez completado el entrenamiento los guiaría a la guerra junto a su señor Kogen. 

Los Sohei lo recibieron fríamente. Los monjes buscaban la victoria de una manera mucho más espiritual de lo que Hikari Ryu les ofrecía. La guerra entre hermanos no les incumbía y no querían sacrificar vidas de manera vacía. La gloria y el reconocimiento no eran para ellos nada de valor. 

Al principio Ryu no sabía cómo enfrentar esta situación. Él podía ofrecer conocimientos para la batalla, pero si sus alumnos no querían combatir ¿qué le quedaba? Con el paso de los días se dio cuenta de que los monjes Sohei ya eran grandes guerreros de por sí. Su disciplinada vida, su capacidad de cumplir órdenes y su excepcional estado físico les convertían en un caldo de cultivo perfecto para un ejército temible. Ese pensamiento le apesadumbraba cuando veía que ellos no querían saber nada de la guerra por el trono. 

Todo cambió el día en que llegó un mensaje desde la fortaleza Kaidan.

En el mensaje, Sato, su hermano de armas y el primero de los Shichi no Kogen, le relataba la derrota en la llanura de Sukihoma, la traición de los Kuge y la retirada a la fortaleza Kaidan. Le pedía ayuda desesperadamente, hombres y suministros. 

Hikari Ryu se enfureció como hacía años que no lo hacía y pidió audiencia con el sumo sacerdote Sohei. Éste le dijo que su opinión no había cambiado un ápice, los sohei no irían a la guerra entre hermanos. Ryu les habló entonces de la traición Kuge y añadió con gran perspicacia que la aspiración del clan traidor era gobernar sobre los demás. Los Kuge les quitarían las tierras y los derechos, pues se consideraban la clase dirigente y no respetaban el credo ni la religión. Ryu ofreció nuevamente su ayuda para militarizar al clan Sohei a cambio del apoyo a Kogen. Añadió la promesa de que las tierras Sohei gozarían de la protección de la ley Imperial con el reinado de Kogen y de que él mismo, Hikari Ryu como consejero del emperador, se convertiría en uno de sus monjes. 

El sumo sacerdote le pidió tres días para reflexionarlo y hablarlo con los maestros de todas las órdenes monásticas. Sólo hicieron falta dos. Los Sohei marcharían a la guerra.

El Duelista 

A los Otokodate llegó el más joven de los Shichi no Kogen, Kimura Key. Apenas contaba 17 años de edad pero ya era el mejor duelista que jamás había pisado las tierras de Hymukai. Precisamente por su juventud fue enviado a los Otokodate. Los siete entendieron que Key no tendría tantos prejuicios hacia el nuevo clan. No se equivocaron.

Al llegar Key pidió audiencia con el Consejo de Regentes. Los otokodate, a diferencia de los demás clanes, estaba gobernado por un grupo de mayores que discutían entre ellos los pasos que debían seguir para consolidar su posición como gran clan. Al ver al joven Key llegar, rieron. ¿Cómo era posible que el gran Kogen pidiera su ayuda enviando un emisario que apenas había salido del dojo? Key no se rió y les retó a un duelo a muerte con el mejor combatiente del clan. Ellos aceptaron entre carcajadas. Si él ganaba, escucharían la propuesta de su señor, si él perdía, se quedarían su daisho como recompensa para venderlo al mejor postor.

Al amanecer de la mañana siguiente se reunieron cerca de la playa de Odayaka. Un fornido espadachín, con un kimono raído por el tiempo y la suciedad, se encontraba en la orilla con los pies en el agua. A unos cinco metros de él se encontraba Key. El joven le preguntó su nombre y el samurái del kimono sucio se negó a dárselo, pues sólo es necesario conocer el nombre del que va a morir y ése era el de Key. Los dos desenfundaron sus katanas y se colocaron en posición de ataque mientras el Consejo de Regentes, playa adentro a unos diez metros de ellos, miraban con gran interés. Las olas masajeaban suavemente los pies de los duelistas y los primeros rayos de sol iluminaban tenuemente sus ropajes. Los tobillos empezaron a moverse lentamente, los hombros a ponerse en tensión y los dedos a apretar el mango de la  katana cuando Key salto hacia adelante con una velocidad que pilló desprevenido a su rival. Un largo segundo después, éste también saltó hacia key. Las dos siluetas se cruzaron en el aire cayendo cada uno en el sitio que ocupaba el otro apenas unos segundos antes.

El samurái del kimono sucio sonrió, enfundo la katana y se giró para mirar a Key. Éste, aún estaba dándole la espalda con la rodilla hincada en el suelo y el brazo estirado con la katana brillando por el sol recién naciente. “Mi nombre es Katsuhiro”, dijo, “ahora ya sabes a quien has matado” y cayó pesadamente tiñendo la orilla de rojo carmín. Key se levantó, limpió su katana, la enfundo y mirando a su rival muerto en la arena le hizo una leve reverencia. Se giró y avanzó lentamente hacia el consejo, rodeado por un completo silencio sólo roto por las olas golpeando el cuerpo del ronin muerto.

El consejo aceptó ayudar a Kogen. Ellos les darían ayuda militar y Kogen les protegería frente a los demás clanes, dándoles representación en la corte y asegurando sus rutas comerciales. 

Key había tenido éxito. Éste fue su último duelo como sirviente de su señor.

El Guerrero

Conseguir la ayuda el clan Buke requirió un gran sacrificio. Para esta misión se eligió a Odoka Hiro, uno de los guerreros mas letales de las filas de Kogen y hombre de su máxima confianza.

Cuando Hiro llegó se encontró con una situación mucho más violenta que la de sus compañeros. Los Buke servían al emperador por encima de todas las cosas y Sujin se había autoproclamado emperador días atrás. A todos los efectos, Hiro, como miembro de los Shichi no Kogen era un traidor y por lo tanto debía ser ejecutado sin dilación. Cuando Hiro se enteró de la situación ya era demasiado tarde. Antes de que pudiera reaccionar se encontraba preso en una celda y con su ejecución preparada para el día siguiente.

Por la noche, Tora Tadayoshi, el joven daimyo del clan Buke al que llamaban el joven tigre, fue a ver a Hiro. Quería saber porque alguien actuaría de manera tan inconsciente, quería saber los motivos de semejante suicidio. Al llegar a la celda lo encontró de rodillas meditando de manera totalmente relajada, cosa que le sorprendió. Al pedirle explicaciones, Hiro le dijo que cumplía órdenes de su señor y que no le importaba morir por ellas, pues el deber es el precepto del Bushido. El joven daimyo sonrió satisfecho, pero le recriminó que se había olvidado del otro gran precepto del Bushido, el honor. “Esa es la disyuntiva del samurái: vivir en equilibrio entre el deber y el honor”, le contestó Hiro. 

Los dos quedaron mirándose el uno al otro durante unos minutos. Entonces Hiro le habló a Tadayoshi de Kogen. 

Le explicó que a diferencia de su hermano Sujin, Kogen era un guerrero, un seguidor del Bushido que se había forjado en la batalla y que conocía a sus soldados por su nombre, pues los consideraba sus hermanos de sangre. Sujin, en contra, sólo conocía los lujos de palacio. Los samurái eran para él una herramienta para usar de forma caprichosa y así asegurarse el control de las Islas del Dragón mientras los Kuge le susurraban al oído las mentiras necesarias para mantener el control. Si ayudaban a Kogen, éste apoyaría la instauración del Bushido como camino a seguir en Hymukai y se aseguraría de que estas tierras reconocieran el valor de la vida de un samurái y su deber hacia el trono. 

Tadayoshi se quedó callado, sus ojos miraban al suelo, y con su mano derecha se frotaba el mentón. Después de otro par de minutos se dirigió a Hiro.

—Entiendo tu argumentación —le dijo—. Y créeme cuando te digo que no puedo estar más de acuerdo contigo. Pero los Buke servimos al trono, y ahora mismo tú eres un enemigo del trono y debes ser ejecutado, así lo manda el emperador, así se tiene que cumplir. 

—Deber y honor, el equilibrio —le contestó Hiro—. Entiendo que tu deber sea ejecutarme mañana por la mañana como ha sido dictado pero, por tu honor, debes hacer lo necesario para que Hymukai tenga el emperador que se merece y que el sacrificio de tus hombres sea reconocido allá donde vayan. Mi deber es convencerte de que los Buke ayuden a mi señor Kogen y mi honor me permitirá ser ejecutado mañana con la tranquilidad de saber que te he convencido.

 Tadayoshi salió al patio principal y se quedó mirando las estrellas durante cerca de una hora.

A la mañana siguiente, Odoka Hiro estaba en el patio principal rodeado de samuráis Buke, pero le extrañó que le hubieran proporcionado ropas limpias y no ver al verdugo. De entre los samuráis salió Tora Tadayoshi.

—¡Odoka Hiro! —gritó el daimyo—. Eres un traidor al trono y tal como dicta la ley debes ser ejecutado. Tu coraje y tu fuerza me han sorprendido y no darte la oportunidad de morir con honor sería un insulto hacia nuestro código. Se te permitirá hacer seppuku y sería un honor para mi ser tu kaishaku (ayudante ritual). 

Hiro sonrió.

—¡Que así sea. Deber y honor! —dijo el condenado.

Se puso las mangas del kimono debajo de las rodillas, cogió el Tanto que le habían dispuesto, lo envolvió en papel de arroz y empezó con el corte abdominal de izquierda a derecha para luego subir hacia el esternón. Cuando el daño era insoportable, antes de gritar, Tadayoshi situado de pie a su izquierda le cortó la cabeza, finalizando su labor como kaishaku.

Después del ritual el joven daimyo se dirigió a sus hombres. 

—Este samurái ha muerto con honor —gritó—. Y yo pienso responder con el mismo, pues aquí, delante de todos, prometo mi apoyo a Kogen. ¡Los Buke irán a la guerra!

El Asedio

Los espías Kuge se enteraron del intento de Kogen para sumar adeptos a su lucha y avisaron a Sujin de lo acontecido. Éste, acostumbrado a las intrigas de palacio, supo rápidamente que la única solución era contraatacar de manera rápida y letal. 

Dio órdenes a sus generales de preparar el ejército para salir hacia la fortaleza Kaidan de inmediato y acabar con la amenaza que suponía su hermano y sus hombres para su reinado. Además, en un astuto movimiento, decidió enviar a sus mejores negociadores a los grandes clanes para convencerlos de que no se unieran a su hermano. Sabía perfectamente que no lo iban a conseguir, pero a él no le importaba. Sólo quería ganar tiempo. Mientras los emisarios avisaban de su llegada y se desarrollaban las negociaciones, su ejército habría ganado fácilmente unas semanas, tiempo suficiente para llegar y atacar Kaidan sin que los demás clanes tuvieran tiempo para interponerse en su camino. Y así fue. El enorme ejército de Sujin empezaría el asedio de Kaidan solo veinte días después de partir desde la capital imperial. 

Cuando la noticia de la aproximación del enorme ejército de Sujin llegó a los oídos de Kogen, éste lanzó un grito de rabia que alertó a toda la fortaleza. Tenía la confirmación de ayuda de Buke, Sohei y Otokodate pero ahora sabía que no llegarían a tiempo. Miró a su alrededor y se dió cuenta de que apenas habían transcurrido un par de meses desde su derrota en la llanura de Sukihoma y eso se notaba en sus tropas. Sus efectivos eran menos de la mitad de los originales y los heridos eran incontables. Además, los alimentos empezaban a escasear y sus tropas empezaban a tener hambre. Había subestimado la astucia de su hermano y eso era un error que pagaría caro.

Se levantó, se ajustó el kimono y fue a sus aposentos. Sólo Sato, su hombre de confianza, le siguió. Nadie sabe de qué hablaron durante las horas que pasaron, solo se conoce sobre los gritos de rabia, frustración y desespero de Kogen. 

A media noche, Kogen apareció entre sus hombres vestido con armadura completa y el daisho perfectamente colocado en su lado izquierdo. Emanaba majestuosidad y respeto. Sin decir ni una palabra empezó a caminar entre sus hombres dirigiéndose a lo alto de la muralla. A pocos metros de él, Sato caminaba igualmente preparado para la inminente batalla. Inspirados por su líder, los soldados no dudaron ni un segundo en ponerse rápidamente las armaduras y recoger sus armas para la batalla que se avecinaba.

Amanecía y el sol empezaba a vislumbrarse en el horizonte. Los primeros rayos golpeaban la muralla donde, inmóviles como estatuas, se alzaban Kogen y Sato desde hacía horas, desafiando con su mirada al ejército de Sujin, que se acercaba lentamente. 

El Encuentro

El ejército de Sujin tardó horas en llegar a la fortaleza y desplegarse a lo ancho en todo su esplendor. Sato enmudeció al ver tal número de tropas. Estaba claro que iban a perder, serían arrollados por un tsunami de lanzas. Kogen lo sabía. Le dijo a Sato y a sus Shichi no Kogen que le acompañaran fuera de la muralla. 

Los soldados de la muralla, estupefactos, abrieron las puertas. 

Kogen salió caminando lentamente por la puerta principal. Un silencio sepulcral dominaba toda la fortaleza Kaidan. Los soldados miraban fijamente como su señor se dirigía fuera de los muros hacia el enorme ejército, solamente rodeado por sus cuatro hombres de confianza: Sato, Yuki, Takeshi y Kotoma, los restantes de los Shichi no Kogen. Caminaron durante diez interminables minutos hacia las tropas enemigas. Cuanto más se acercaban más clara quedaba la superioridad militar del enemigo. Cientos de arqueros, numerosas caballerías, más ashigaru de los que nunca se había visto y multitud de samuráis con armadura completa, todos esperando detrás de Sujin y su escolta de doce hombres. Brillaban en lo alto los estandartes del emperador y de los Kuge. 

Kogen, al ver el estandarte de su casa ondeando y representando a su enemigo, no pudo más que lamentarse y sentirse, por primera vez en su vida, derrotado.

Al llegar a unos veinte metros de Sujin, se detuvieron y esperaron a que él y sus hombres se acercaran. Lo hicieron a caballo, despacio, orgullosos, seguros de sí mismos. Kogen respiró lentamente para calmarse. Al estar frente a frente, Sujin exigió que para parlamentar lanzaran sus armas al suelo. Takeshi soltó una carcajada que quedó sin respuesta en el mismo momento en el que Kogen lanzó su daisho al suelo. Inmediatamente después, los demás dejaron sus armas. Sujin y sus hombres, sin embargo, conservaban sus katanas, un insulto más hacia Kogen. Lentamente el emperador bajó del caballo y se dirigió hacia su hermano. Los demás con sus caballos rodearon a los Shichi no Kogen

—Habla, hermano —dijo Sujin—. Pero sé breve, Hymukai requiere mi atención y tu estúpida rebelión no puede hacerme perder más tiempo. Desde que madre murió están sucediendo ataques de seres que jamás habíamos visto antes en estas tierras.

—Sujin —la voz de Kogen era firme y desafiante—. Te has autoproclamado emperador, sin duda has engañado a Saimei para que se casara contigo, has sentado a tu derecha a los traidores Kuge y tus insultos y tu desprecio hacia mí no han cesado ni un ápice. Aun así, hermano, te perdono. Tiempos oscuros vendrán para las Islas Dragón y no nos podemos permitir una matanza indiscriminada como la que aquí ocurrirá si no la paramos ahora mismo. Mis hombres son los mejores soldados que encontrarás jamás y Hymukai los necesita para su defensa. Déjame jurarte lealtad, perdona la vida a tan valiosos soldados y nos encargaremos de proteger el imperio de cualquier amenaza.

Las palabras de Kogen dejaron sin habla a sus hombres. El orgullo del mejor general y estratega militar de Hymukai se había desvanecido delante de sus ojos para pedir clemencia para sus hombres. Ninguno de ellos se lo esperaba, salvo Sato, que con cada frase que decía Kogen, afirmaba con la cabeza.

—Tengo un problema con tu propuesta —dijo Sujin—. ¿Cómo puedo confiar en ti? ¿Cómo puedo darte el mando de mis ejércitos? ¿Cómo puedo saber que no me atacaras otra vez en el futuro? El imperio necesita estabilidad, necesita orden, alguien que sepa gobernar, no un perro rabioso que llevado por su orgullo quiera morder a los que le rodean. —Kogen apretó la mandíbula sin emitir ningún ruido—. Lo siento hermano pero no me puedo permitir el lujo de confiar en ti.

Antes de que nadie pudiera decir nada más, Sujin desenvainó velozmente la katana y con un movimiento totalmente inesperado atravesó el pecho de su hermano con ella. Kogen, sorprendido, se quedó mirando fijamente a su hermano a la cara, con los ojos bien abiertos y sin poder mediar palabra por culpa de la espesa sangre que le salía a borbotones por la boca.

—Hermano —dijo Sujin—. Eres un traidor, y debo enseñar a todos lo que les pasa a los traidores al trono. Tú no buscas servirme, buscas sustituirme y por eso tú y tus hombres seréis eliminados, no sólo de este reino, sino de la historia. Cualquier referencia a ti, a lo acontecido, a tu legado serán borrados. Cualquier familiar o amigo de tus hombres serán eliminados. Nunca nadie podrá hablar de Kogen, ni de sus Siete, ni de su maldita traición, bajo pena de muerte inmediata. Buscabas la gloria hermano, y sólo tendrás el olvido y la indiferencia.

Sujin sacó lentamente la katana del pecho de su hermano moribundo que cayó de espaldas ahogándose en su propia sangre. Los Shichi no Kogen estaban paralizados por la cobardía del acto que acababan de presenciar. Sujin, sin embargo, se giró dándoles la espalda mientras ordenaba a sus hombres que los matasen. Se subió a su caballo entre los gritos de los cuatro pidiendo venganza y llamándole cobarde a la vez que morían defendiendo el cuerpo de su señor. 

Sujin volvió trotando de manera tranquila hacia su enorme ejército. Al llegar dio a su Taisho la orden de atacar la fortaleza, matarlos a todos, descuartizarlos y dejar los restos para los carroñeros. Kaidan tenía que arder hasta los cimientos, nadie estaba por encima del emperador, nadie podía nada contra él. El nombre de Sujin sería eterno, el de Kogen ya era historia olvidada.

El Despertar

Han pasado treinta años desde El Asedio de Kaidan. La guerra de los hermanos ha sido erradicada de los registros imperiales y de la memoria de la mayoría de los habitantes de Hymukai.  

El emperador Sujin no tiene descendencia aunque nadie sabe por qué, pues muchas mujeres, además de Saimei, han pasado por sus aposentos. Debido a ésto, todos los años el emperador se dirige a la montaña Nijiyama en peregrinación, donde pasa cuarenta días en la soledad del templo “Pozo Sagrado”, para entrar en contacto con los Kami y pedirles ayuda y consejo para traer un digno sucesor al trono. 

Hymukai sería herida de muerte durante la vuelta del último viaje del Emperador.

Cruzando el bosque de Kashiwara la caravana imperial desapareció sin dejar rastro alguno. Esto ha hecho que la confusión se expanda por el imperio como una enfermedad incurable. Los rumores hablan de que el emperador ha sido asesinado, otros dicen que ha desaparecido, otros que ha sido secuestrado. 

Ante este inesperado suceso la lucha entre los clanes por conseguir el poder en Hymukai y el trono del emperador ha estallado. Las distintas familias reclaman la administración del reino basándose en su poderío militar. Hymukai es, a día de hoy, un campo de batalla por la supremacía de unos sobre otros y nadie parece querer acabar con este caos.

Los Kuge se están haciendo fuertes en la corte. Su líder, Satoshi Asaemon, ha tejido una red de contactos, mentiras y favores que le han posicionado como uno de los hombres más influyentes de la capital imperial. Con la ayuda de los Hattori, está controlando los diferentes sucesos alrededor de las islas. 

Los Buke, dirigidos por Tora Tadayoshi, ahora llamado “el viejo tigre”, tienen el ejército más numeroso de todas las islas. Además, Tadayoshi, ha convertido a sus hombres durante estos treinta años en una máquina de guerra perfecta que busca conquistar todo el imperio y dominarlo con el Bushido como precepto. 

Los Otokodate están creciendo en poder y número, y sus recientes tratos con los Namban, los extranjeros cada vez más numerosos en Hymukai, les proporcionan nuevas y extrañas armas y máquinas de guerra con las que asegurar y expandir sus dominios. Dirigidos por Kimura Key se expanden más y más en los territorios rivales.

Los Sohei miran con recelo la belicosidad de los demás clanes sin querer entrar a batallar contra ninguno de ellos directamente, aunque sí lucharán para defender su hogar y aquello en lo que creen. Hikari Ryu, líder del clan, ahora un anciano, se encarga de la adaptación y seguimiento de todos los nuevos miembros de la orden y su conversión en grandes guerreros para la causa.

Tras romperse el linaje de la emperatriz, al perderse los objetos de poder y sin el escudo protector de los dioses, las Islas Dragón están a merced de incursiones de todo tipo. Desde el norte llegan rumores de extraños seres humanos cubiertos de enormes pieles que lo arrasan todo a su paso. Desde el este las incursiones piratas son cada vez más numerosas y peligrosas debido a la astucia de Turgot, su malvado líder. Desde más allá de los mares conocidos llegan los Namban con exóticas armas, queriendo imponer sus tratados de comercio y su extraña religión. Además, los límites entre los distintos reinos de existencia son cada vez más tenues. Los ataques de demonios y criaturas de otros reinos se han multiplicado en los últimos años. 

Pero la verdadera amenaza viene del oeste. Las fuerzas del Jigoku, un enorme ejército de criaturas infernales, se adentra de forma lenta e implacable en las tierras de Hymukai. Una horda sin fin que a medida que avanza va creciendo en número, pues cada a su paso por las tierras donde hubo alguna batalla los muertos se alzan de nuevo y, olvidando el clan al que pertenecían, se suman a la oleada de corrupción. Nadie sabe qué o quién los guía, a su paso sólo queda el rumor de un nombre largamente olvidado: Kogen…

La Senda Secreta 

Pequeñas gotas procedentes de la cascada salpicaban el suelo cerca de donde estaba Makoto. El monje se encontraba frente su lienzo dibujando el bello paisaje que tenía enfrente. Era un pequeño rincón entre montañas donde los rayos de sol luchaban por abrirse camino entre ellas y chocaban contra la cascada, dando lugar a una explosión de color. Aun estando en un terreno tan elevado sorprendía la cantidad de maleza, con un verde intenso que lo cubría todo. En frente de Makoto, en la ladera de la montaña, justo delante de la caída de agua, un precioso cerezo se asomaba al abismo con la tranquilidad del que se sabe inmortal.

Hikari Ryu se resintió de sus rodillas al llegar a la zona de la cascada de Nachi. Solo cuando hacía un esfuerzo físico era consciente de su edad, aun así en la frontera de cumplir setenta años tenía un físico envidiable. Se quedó observando al joven monje plasmar el precioso paisaje con una minuciosidad y detalle que jamás había visto. Después de unos minutos se acercó a Makoto.

—Buenos días —dijo el anciano monje—. Has partido muy temprano del monasterio.

—Así es —contestó Makoto—. Los auténticos colores aparecen a primera hora de la mañana, ¿Qué le trae hasta aquí, maestro?

—He venido a la cascada, no sin esfuerzo, porque sabía que aquí podríamos hablar con tranquilidad tu yo sin que nadie nos molestara. Hace seis meses que formas parte de nuestra orden y ya es hora de que me cuentes la verdad de quién eres.

—Ya sabe quién soy Ryu-sama, un pintor caído en desgracia. Mi señor pensó que mi obra no hacía justicia a la grandeza de su familia y me desterró, convirtiéndome en mendigo hasta que los Sohei me acogisteis en vuestro seno y me dejasteis ser uno de los vuestros.

—Tus capacidades actorales son casi tan buenas como tus pinturas Makoto-san, si ese es de verdad tu nombre. 

La dureza y sinceridad de las palabras de Hikari Ryu pilló desprevenido al joven monje. Se sonrojó y dijo titubeante:

—¡No se de qué habláis, señor! Si os he ofendido de alguna manera os pido humildemente que me perdonéis, jamás fue mi intención que os sintierais engañados. 

—¡Y aun sigues! —exclamó divertido Ryu—. Deja ya de interpretar por favor, soy demasiado viejo para que me engañes. Cuando estás relajado y no eres consciente de tu papel, tu verdadera naturaleza sale a flote. Al hablar con alguien te colocas con el sol a tu espalda para que tu rostro sea difícil de identificar, caminas sin hacer el menor ruido, tus trazos de pintura son precisos y extremadamente ágiles y siempre que entras en una habitación analizas rápidamente cuanta gente hay y todas las salidas posibles. Makoto-san  —cambió el tono el viejo monje—. ¿Desde cuando huyes de tu clan, desde cuando te persiguen los Hattori?

El rostro del monje conocido como Makoto se ensombreció de golpe y miró con los ojos entreabiertos al anciano que le había descubierto. En menos de lo que dura un parpadeo, lanzó el pincel a modo de proyectil contra Hikari Ryu y saltó en un movimiento de huida. El viejo monje, como si el tiempo fuese más lento a su alrededor, esquivó el ataque con un movimiento grácil y, utilizando la inercia del giro y el bastón que le servía de apoyo, golpeó a Makoto en el aire tres veces en tres diferentes puntos de presión. El joven monje cayó al suelo como una muñeca de trapo, inmóvil.

—¡Habla ahora! —dijo severamente el maestro.

—¿Cómo sabes de la existencia de los Hattori? —respondió el vencido monje sin poder moverse.

—No eres el primero al que persigue tu clan y se refugia con nosotros. Hace 15 años un compañero tuyo, Hattori Sakai, también se ocultó entre nosotros y vivió hasta que unas malas fiebres se lo llevaron.

—¡Vaya, creía que lo habíamos matado!  —dijo sorprendido el joven—. Me alegro, no era mal compañero pero, si te contó de nuestra existencia, si fue un traidor al clan.

—No fue un traidor a nada —exclamó Hykari Ryu—. Fue un individuo que no estuvo de acuerdo en la matanza de inocentes y al menos él fue sincero, de alguna extraña manera creo que tu estas aquí en circunstancias muy parecidas así que me abstendría de juzgarle tan a la ligera.

Makoto cerró los ojos y respiró profundamente. Abrió los ojos de nuevo y, con gran pesadumbre, dijo:

—Tienes razón, lo siento. Yo ya estoy muerto para mi clan, vosotros sois mi último refugio. Mi nombre es Hamato Yoshi y hui de mi familia, de mis compañeros, hace ahora nueve meses.

El viejo monje se sentó encima de una gran piedra de manera lenta y relajada y asintió, dando entender al ninja que prosiguiera con su historia.

—Mi clan ha luchado durante cientos de generaciones por la estabilidad del imperio. Esta es la sagrada misión de nuestros protectores, los Kuge. Acababamos con las amenazas antes de que se hicieran visibles y nos llamábamos a nosotros mismos “los guardianes”. Pero la desgracia ha caído sobre nosotros. La codicia, la envidia y el ego se han abierto paso entre nuestras filas y nuestra sagrada misión se ha visto corrompida.

El ninja tomó aire lentamente, como si se estuviera liberando de una enorme carga, y continuó hablando:

—Los Hattori estamos dirigidos por un Gran Maestro. Éste a su vez tiene dos consejeros, el Maestro de los Venenos y el Maestro de las Sombras. Estos cargos se asignan por voto secreto y se asumen hasta el dia de su muerte. Esto había sido así hasta hace 80 años, cuando el Maestro de Venenos Tsi Huann elaboró un extraño brebaje que, según él, otorgaría la vida eterna a todos aquellos que lo tomasen.  —Hamato Yoshi dudó por un momento—. El Maestro de las Sombras, Shisu Kage, fue el primero en tomar el brebaje de la inmortalidad. Pero algo fue mal, en vez de obtener la vida eterna se transformó en un nuevo ser, uno etéreo, sin alma, oscuro como la noche y letal. El Maestro de las Sombras dio sentido a su nombre. El Gran Maestro Nagi estaba presente en la ceremonia y se horrorizó al ver a su consejero convertido en una monstruosidad. Pero la codicia fue más fuerte, lejos de reprimir a Tsi Huann le animó a mejorar su fórmula. Él también ansiaba la inmortalidad. 

—La Sombra —parecía que el ninja temblase al pronunciar ese nombre—, conocida antes como Shisu Kage, demostró ser un arma de incalculable valor. No había nadie que pudiera escapar de ella. Si se le encomendaba un asesinato, no había lugar donde la víctima pudiera esconderse: ya estaba muerta. A cambio se le enviaban prisioneros a sus aposentos que gritaban de dolor durante innumerables minutos, para luego ser sacados como cadáveres secos, con las cuencas de los ojos vacías y sin lengua. Le empezamos a llamar “la sombra del hambre infinita” y nadie ha sido capaz de mirarle al rostro desde entonces. —Yoshi hizo una leve pausa —. La primera versión de la fórmula estaba sin refinar y saco toda la oscuridad del interior del Maestro de las Sombras, pero después de unos años, el Maestro de Venenos consiguió al fin perfeccionarla. El Gran Maestro Nagi y el Maestro de Venenos Tsi Huann tomaron el brebaje. Esa vez funcionó perfectamente, ambos entraron en total consonancia con su Ki y alcanzaron la vida eterna…

Hikari Ryu seguía con atención las revelaciones de Yoshi. Estaba seguro de que jamás se había contado la historia secreta de su los Hattori fuera del clan. Ryu hizo un leve gesto a Yoshi para que siguiera.

—Antes he dicho que los problemas de mi clan vienen de la codicia, la envidia y el ego. Saki, el hijo del gran maestro, nació cuando Nagi contaba ya 95 años aunque apenas aparentaba superar los 40. Saki fue el mejor Jonin que he visto jamás. Era rápido, astuto, fuerte, inteligente, audaz y mi mejor amigo. Nos criamos juntos y ascendimos en el clan compitiendo el uno con el otro en la misma medida en la que nos apoyábamos. Juntos cumplíamos las misiones más difíciles y derrotábamos a los enemigos más peligrosos. Cualquiera con un mínimo de criterio sabía que Saki estaba destinado a ser algún dia el gran maestro del clan Hattori. Pero si tu maestro no puede morir, tú nunca podrás sucederle. Esa idea arraigo en lo más profundo de mi mejor amigo y empezó a carcomer su mente. 

—Varias estaciones después —El ninja continuó su relato—, Saki tenía claro que si quería ascender debía matar a su padre y estaba dispuesto a hacerlo. Me enfrenté con él, no quería que llevara a cabo semejante locura. Era cierto que los maestros no envejecían, ¡pero eso no era malo! Eso les hacía más sabios y pacientes a cada año que pasaba. Pero Saki no pensaba igual y empezó a envenenar a otros miembros de nuestro clan con esta idea. Así empezó nuestra guerra civil secreta. Los enfrentamientos nunca eran abiertos, ni declarados, pero ésto empezó a repercutir en los resultados de nuestras misiones. Numerosos miembros que estaban a favor de uno o de otro bando no volvían, aparentemente caídos en combate y los Hattori nos volvimos extremadamente recelosos entre nosotros. Sorprendentemente, el Maestro de las Sombras y el Maestro de los Venenos no escogieron bando, pues veían con gracia las luchas internas del clan. Evidentemente el Gran Maestro Nagi se posicionó en contra de las ambiciones de su hijo. La guerra civil se desarrolló en las sombras, silenciosa y letal, hasta la noche de la matanza. 

La expresión de Yoshi se hacía cada vez más siniestra.

—Al volver de una misión en tierras Otokodate —continuó—, me encontré decenas de mis compañeros desparramados en el suelo, asesinados de manera rápida y brutal. El número de cadáveres aumentaba a medida que me acercaba a los aposentos del Gran Maestro Nagi y me detuve justo fuera de su habitación. Allí oí al maestro de venenos hablando con Saki, diciéndole que él había cumplido su parte del trato que ahora él debía cumplir la suya. Entonces Saki dijo algo que me dejó marcado, y que no puedo repetir. Mi sorpresa vino acompañada de un leve grito de sorpresa, uno lo suficientemente fuerte como para que La Sombra me oyera y se mostrara reventando la puerta principal de la habitación. Desde el suelo pude ver el cadáver del Gran Maestro apuñalado por la espada de su hijo, el Maestro de Venenos a su derecha me miraba de manera curiosa mientras Saki llenó de rabia le gritaba a la Sombra del Hambre Eterna que acabara conmigo. —el ninja hizo una pausa, parecía como si aquel recuerdo le impidiese continuar—. Lo que sucedió entonces lo recuerdo de manera vaga. Empecé a correr como nunca lo había hecho antes. Decenas de mis compañeros salían de entre las sombras, atacándome de mil maneras diferentes. Saltaba, esquivaba, maldecía y seguía corriendo mientras oía a La Sombra detrás de mí como un susurro gélido, deslizándose de manera rápida y letal. Los pulmones me ardían y me movía más rápido que nunca. El instinto de supervivencia dirán algunos, el miedo atroz diré yo. Al este del poblado, cerca del acantilado junto al mar, hice lo que ningún hombre cuerdo habría hecho jamás: salté al vacío. El impacto contra el agua fue brutal. Me disloqué un hombro y me rompí una mano. Aun así seguí nadando durante horas. Exhausto, me desmayé sintiendo el frío abrazo del mar mientras me entregaba a una muerte segura al menos, pensé, no a manos de la sombra.

—Me desperté, no sé cuánto tiempo después —continuó diciendo como si saliera de un trance—,  en una orilla lejos de aquel acantilado al sentir el dolor de los picotazos de las gaviotas. Continué mi huida y tres meses después llegué aquí. El resto de la historia ya la conoces Ryu-sama…

Hikari Ryu se incorporó lentamente. Puso la mano sobre el ninja y con un rápido movimiento soltó los apretados músculos de sus articulaciones. Con una voz tranquila y sosegada dijo:

—¡Fascinante historia amigo! La buena noticia es que esa sombra de la que huyes no podrá alcanzarte en nuestro templo, es territorio sagrado. Descansa y disfruta de tu pintura, mañana hablaremos largo y tendido de todo lo que me has contado. Pero antes de dar por finalizada nuestra conversación, necesito saber qué le dijo Saki al Maestro de los Venenos, necesito saber qué es lo que te aterrorizó tanto.

Hamato Yoshi le miró a los ojos, sus labios temblaban lentamente mientras intentaba articular las palabras:

—Saki dijo que cumpliría su trato… ¡dijo que mataría al emperador!